Llevaba tiempo queriendo hacer un retiro tal y como mi maestro, Julian Daizan Skinner, enseña en Spontaneus Zen. Se trata de irse a algún lugar natural, o encerrarse en una habitación, o ir a algún lugar que tenga especial conexión con nosotros y, una vez allí, no hacer nada. Ni comer, ni beber, ni nada. Simplemente permitir que se manifieste en nosotros lo que tenga que manifestarse. Y sea lo que sea lo que surja en nosotros en esa plenitud abierta, lo dejamos estar, si involucrarnos y sin reprimir nada. Nos mantenemos abiertos constantemente.

Me retiré a una ermita en las montañas. Hacía tiempo que quería también entrar en contacto con esta espiritualidad que proviene, al menos, de los árabes que habitaron estos lugares. Luego se les puso una cruz, pero esencialmente cumplía la misma función, proporcionar un lugar en el que el practicante (que es lo que significa en griego la palabra eremita) pudiera desarrollar la comunión con lo sagrado de manera más profunda y sin interrupciones.

Por supuesto, hoy en día, sagrado es una palabra que le pone a la gente los pelos de punta. Hoy en día, con la adopción del mindfulness como nombre sustitutivo del de meditación, los objetivos han cambiado también de nombre. Se deja en blanco la casilla para que la gente pueda decir: espiritualidad, relajación, conocerse a uno mismo, centrarse, retomar energías, entrar en contacto con la naturaleza… Todo eso es lo que yo he estado haciendo. En esencia, es que se parece todo mucho.

El ayuno, por sorprendente que parezca, ha ayudado al proceso por razones un tanto complicadas que no se si puedo explicar bien. Me ha ayudado a tener una herramienta constante con la que trabajar. Además, si entiendes así de profunda la conexión cuerpo-mente, me ha servido para ver si puedo sacar de mí mismo (líquidos y grasas principalmente), lo que necesitaba durante tan solo 24 horas. En todo caso, no me ha hecho ningún mal. No me he sentido débil sino que he estado haciendo caminatas intermitentes todo el día, sentándome a meditar e incluso meditando de pie.

Y ha sido también fantástico explorar, como nunca antes había hecho, las posibilidades de la flauta shakuhachi. En Japón, la escuela Fuke utiliza este instrumento como práctica meditativa. Yo no se tocar ni este, ni ningún instrumento, pero he disfrutado enormemente jugando con las posibilidades de su resonante vibración. Hasta en dos ocasiones, he sentido que me caían las lágrimas. Ha tocado cosas muy profundas dentro de mí, aunque no sepa cuales.

Y, aunque ocasionalmente también haya meditado en mi koan, lo que ha gobernado mi práctica de este micro-retiro ha sido, sobre todo, la práctica de la presencia abierta. He buscado con ahínco hacerme uno con la inmutable consciencia que permanece en la vigilia y en el sueño, en la quietud y el movimiento, el deseo y la indiferencia, la concentración y el discurrir de pensamientos, la objetivación y subjetivación, el dolor y el placer.

En este momento, tecleando en mi ordenador todavía experimento vivamente el contacto con esa presencia todo lo permea, a la que han llamado atención, mente, consciencia y mil cosas más.

Estoy agradecido de estar de vuelta, con mi hija, mi mujer, a mi trabajo, mi rutina, pero ha sido de enorme valor haberme permitido esta excursión al silencio. Siento que vuelvo con más energía – aún después de haber bajado andando desde la montaña y haber seguido trabajando en el cortijo por la tarde –, con más tranquilidad, con más libertad, con más amor.


Mokusei

Con estudios en Filosofía, Filología Hispánica y Filología Inglesa y 1er Dan de Shorinji Kempo, actualmente trabaja como profesor de Inglés en St Patricks College Almería. Miembro de Zendo Kyodan, estudia meditación dentro de la tradición Rinzai Zen desde 2011 con Julian Daizan Skinner. En 2016 realiza con Zenways el curso de Formación de Profesores de Meditación y Atención Plena (Meditation and Mindfulness Teacher Training) de 100 horas, reconocido por The College of Mindful Clinicians. En 2017 comienza a enseñar meditación y atención plena en Almería.

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