Isabella, que me está ayudando a mantener el pulso vivo a mis redes sociales, me ha pedido que escriba algo acerca de los beneficios del Yoga Zen.

Mi mente se queda en blanco.

Cuando comencé a practicar Ashtanga Yoga hace 9 años lo hice porque necesitaba una alternativa al Shorinji Kempo, el arte marcial que practicaba y cuyos horarios ya no me funcionaban. Necesitaba mantener mi fuerza, mi agilidad, mi espalda sana, la salud de mi corazón, y el Ashtanga, igual que el Shorinji Kempo, me daba todo eso.

El Ashtanga Yoga era genial. Me encantaba la metodología Mysore, en la cual cada uno va a su propio ritmo y trabaja sus propias secuencias. Sobre todo porque el profesor solo hablaba para corregirte pero la mayor parte del tiempo era un trabajo de introspección en silencio.

Aquel yoga fue un complemento perfecto para mi práctica de meditación, mi mente fluía, mi atención exploraba mi cuerpo como nunca antes, pero también era consciente de mis devaneos mentales, de mis taras, de mis inacabables diálogos internos. Recuerdo que mi clase miraba a unos ventanales llenos de luz, por los que entraba el sol y nos bañaba mientras nosotros hacíamos nuestros Saludos.

Sin embargo, físicamente, el Ashtanga no me funcionó. Me requería una constancia que yo no podía entregarle sin sacrificar otros apartados de mi vida. Si tenía que faltar una semana, por cualquier razón, mi cuerpo me castigaba con un síndrome de abstinencia de ejercicio nada agradable.

Fue con una profesora de Ashtanga, Olga Uclés, pero en sus clases de Hatha donde encontré esa misma introspección sin la demanda física que comencé poco a poco a encontrar mi lugar en el yoga. Salía de las clases con más energía, tranquilidad, claridad mental y relajación muscular de la que traía al entrar y eso, comencé a entender, era lo que yo buscaba. Así que a nivel muy general, así podría definir los beneficios de aquel yoga: energía, tranquilidad, claridad mental y relajación muscular. Y además, a largo plazo me sentía fuerte, ágil, despierto.

Haciendo una búsqueda de estudios académicos en Google, hoy 25 de Septiembre de 2020, he encontrado cerca de 769.000 resultados. Buscando alguna página que me las resume me encuentro cosas como “71 Beneficios Probados del Yoga”, en los que incluyen cosas obvias como:

reducir el estrés y la ansiedad, mejorar la fuerza, el equilibrio y la flexibilidad;

otros menos obvias, como:

mejorar la autoestima, evitar el declive cognitivo, sacar mejores notas, mejorar tu memoria;

y sobre todo, una pila de cosas muy concretas:

reducir la artritis, mejorar la salud cardiovascular, ayudar con la diabetes tipo 2, aliviar la osteoartritis , aliviar la esclerosis múltiple, como tratamiento para el asma bronquial, minimizar fatigas, ayudar con la menopausia, ayudar en el tratamiento de la depresión, la ansiedad y la esquizofrenia, lidiar con traumas, mejorar la tolerancia al dolor, ayudar a dormir y mejorar el sexo.

Aunque supongo que esta lista está lejos de ser exhaustiva. Pero también estos estudios, me temo, están lejos de poder llamarse conclusivos. Y esto no se debe, en mi opinión, a que los beneficios estén ahí, potencialmente, esperando poder disfrutarse, sino – y perdonen el tono conspiranoico de lo que sigue – porque las corporaciones que pueden permitirse el trabajo, el tiempo y el dinero que requiere hacer un estudio conclusivo no están para nada interesadas en probar que algo que puedes hacer prácticamente solo en el suelo de tu casa puede cambiar radicalmente tu salud.

No hay nada extraño, ni siquiera, me atrevería a decir, malvado en esta falta de interés por probar las virtudes del yoga. Las corporaciones privadas velan por sus intereses. Creo que tampoco nos sirve de nada lamentarnos o enfadarnos. Simplemente, nos toca a nosotros, los practicantes, ser los científicos, las cobayas e incluso los laboratorios andantes en los que los beneficios de esta práctica, tan antigua, si no más antigua, que la civilización puedan probarse y disfrutarse.

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Mokusei

Con estudios en Filosofía, Filología Hispánica y Filología Inglesa y 1er Dan de Shorinji Kempo, actualmente trabaja como profesor de Inglés en St Patricks College Almería. Miembro de Zendo Kyodan, estudia meditación dentro de la tradición Rinzai Zen desde 2011 con Julian Daizan Skinner. En 2016 realiza con Zenways el curso de Formación de Profesores de Meditación y Atención Plena (Meditation and Mindfulness Teacher Training) de 100 horas, reconocido por The College of Mindful Clinicians. En 2017 comienza a enseñar meditación y atención plena en Almería.

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